sábado, 15 de agosto de 2009

Vaca

La vaca me miró. Yo la miré. Las vacas me asustan. Son como muy quietas, y te miran así, con esos ojos de vaca. Yo creo que intuyen lo del dulce de leche, y están un poco resentidas. Ni hablar del queso, la manteca, la crema, en fin, los derivados.
Me llamo Nora, le dije, de mi leche no deriva nada. Presiento el matadero, como todas. En eso no nos diferenciamos, ni en el resentimiento.
Esperé. Seguía sin moverse. Hacía calor. Me quedé dormida esperando. Y soñé. Soñé que esa vaca, la que me miraba, tenía un globito de pensamiento que decía “época de hombres flacos. Revolución de milanesas de soja”. Lo soñé así. Como un cuadrito de Inodoro Pereyra. En vez de la Eulogia, la que estaba frente a la vaca era yo. Pero no era un chiste.

Cuando desperté seguía allí, tan quieta.Y tuve un pensamiento que me pareció importante: pensé qué las penas son compartidas, y las vaquitas no están ajenas; son las precursoras del piquete; las primeras en pararse en medio de la ruta y cortar el paso. Lo hacen de a una, de a dos, de a tres, o de a muchas.
¿Te das cuenta? es sorprendente. Cuándo las vacas dicen MU ¿será algún tipo de sigla secreta?; ¿las Holando-argentinas, hinchan por Holanda o…? ¿qué piensan las vacas de la asociación rural?.
Entonces ella se corrió tranquilamente a la banquina.
Puse primera. Y así arranqué.
Era un día cualquiera. Después me di cuenta de eso.

jueves, 23 de julio de 2009

Palabras

Tomemos agua. ¿Agua agua?. Sí, agua. No tengo agua mineral. De la canilla. Dijiste agua. Agua, agua de la canilla. No es lo mismo.

Las desaveniencias eran habituales. Por lo que Victoria ocupó parte del día en dilucidar la razón de estas pequeñas diferencias cotidianas que intuía no llevarían a buena resolución. La palabra resolución, la detuvo aún más en su pensamiento; si se llegaba a una resolución, si en algún momento se topaba con un lugar en el que fuera necesario esto, sería talvez a partir de las dudas, y si hubiera tales dudas, si ninguna firmeza contuviera la situación, todo podía desmoronarse. Ya había pasado por un desmoronamiento alguna vez, y la sensación no era para nada agradable. Las reconstrucciones siempre le habían costado más que las construcciones, acaso por esa costumbre de intentar reconstruir siguiendo la antigua estructura, por creer que si no fuera así, no sería una reconstrucción, sino una nueva construcción.

Puedo salir a comprar, aún está abierto el almacén. No es necesario, tomo de la canilla. Y qué comemos. Lo que haya. No hay nada. Nada no puede ser. Nada de comer. Si, de comer, nada no puede ser. Comida digo.

Decir se había transformado en una acción contundente para con el otro. El otro era un receptor poco equilibrado, y la presencia intempestiva de la voz, quebrando, podía voltearlo. No era cuestión de palabras nuevas, ya no, eso había quedado en desuso varios años atrás. Victoria empezaba a sentir nostalgia de algunas de ellas, pero era imposible recuperarlas. Imposible era una palabra conocida, y tenía como casi todo lo conocido, una especie de atracción hacia su cuerpo. Asirse de ella, deshacía un poco el sentimiento. De todas formas, una palabra no podía llenar el espacio de muchas, por lo menos, no a hasta ese momento. Luego las cosas podían cambiar.

jueves, 23 de octubre de 2008

Llover (micromonologo)

Ya está. Ya pasó. Dura poco.

Ahora solo hay que asumirlo. Que pasó. Es tropical. Universal.

Nos pasa a todos. La sociedad. Yo, tú, él, nosotros. Los prójimos.

Fuerte. Inesperado. Arrasador. Parece que te va a voltear.

Pero no. Si tuviera un espejo acá, me miraría y me reiría.

Debo estar graciosa ¿no?. ¿no?. ¿sí?. Ah, no. Es por vivir acá.

La latitud.

La titud. ¿titud?. La la titud. Yo la. Tu lo. El le. Le vi. Como un huracán pasó.

Me agarró desprevenida. Tenía paraguas. Se me voló.

Tenía botas. Justo me las había sacado. Había sol. Me sacan ampollas.

Me sacan. No saco. No piloto. Un vestido.

Estaba seca.


Ya pasó. Ahora lo asumo. A sumo. Sumo. Una más.

Pasó otras veces. Me pasó. Parece la primera.

Ahora lo asumo. A sumo.

No. Si tuviera un espejo, no me miraría. Por las dudas. Me reiría sin mirarme.

No me miro. Entonces, me río. No me miro, estoy graciosa.

No me miro, duele. Duele. Duele mucho cuando pasa. Por eso me río.

martes, 14 de octubre de 2008

Prójimos

Hoy al despertar, encendí la luz del acuario y había un pececito muerto. Oh, se murió otro pez!, dijo mi madre al acercarse. Metió una mano en el agua, tomó el pequeño cadáver, y lo tiró al cesto de basura.
Entonces apagué la luz del acuario y regresé a mi habitación. Para que los pececitos, pudieran llorar sin que nadie los mire.

lunes, 13 de octubre de 2008

La inevitabilidad de las polillas

En una de las paredes había huevos de polillas.
Desde la cama, él los miraba. Nacerán; pensaba.
Luego miraba al otro lado, la biblioteca.
El día que las polillas nacieron, las vio volar hacia los libros.
Se los comerán; pensó.

Las polillas se comieron los libros; ni se lo pensaron.

Ni hablar de los conejos

Mi abuelo comía pajaritos. Mi abuelo comía palomas. Mi abuelo comía gatos.
Mi abuelo se comió una tortuga, tal vez dos, tal vez tres, tal vez cuatro...
De pequeña yo tenía una tortuga. Se llamaba Margarita.
Un día la tortuga desapareció, y mamá me dijo que seguramente estaría hibernando en algún rincón del parque.
La busqué todo el Invierno. La seguí buscando en Primavera. Llegó el verano.

Mamá era buena conmigo cuando yo era pequeña. Mamá era muy limpita.
A mí me gustaba jugar con barro. Me gustaba hacer vasijitas de barro, casitas de barro, muñequitos de barro. Mamá era muy limpita.

Mi abuelo tenía una higuera. Mi abuelo hacía dulce de higos. A mi mamá le gustaban los higos. A mis hermanos y a mi también nos gustaban los higos.
Mi abuelo siempre nos regalaba el dulce de higos que él hacía. Mis hermanos y yo comíamos el dulce de higos que hacía mi abuelo. Mamá no. Mamá era muy limpita

Un día mamá se enfermó. Mi abuelo se ofreció a cuidar de mi hermano y de mí. Ese día mi abuelo nos hizo un guiso. En el plato de mi hermano había un pájarito, con cabeza, pico, y todo. Mi hermano tomó el pájarito de una pata y lo pasó a mi plato.
Yo tengo un hermano. Mi hermano aprendió a leer con cuatro años. Mi hermano leía el periódico con apenas cuatro añitos. Mi hermano es dos años mayor que yo. Yo tenía cinco años y mi hermano tomó el pájarito de una pata, y lo pasó a mi plato.

Mi abuelo era andaluz. Fué combatiente voluntario en la guerra civil española. Mi abuelo decía que los mejores años de su vida habían sido los de la guerra. Yo era pequeña, no sabía lo que era una guerra. Yo escuchaba que mi abuelo decía, y repetía, que los mejores años de su vida los había pasado en la guerra. Yo, desde luego, no sabía lo que era una guerra. Era pequeña.

Recuerdo que en casa había un gallinero. Mamá y papá criaban gallinas y pollitos. Mi abuelo mataba las gallinas, y luego las desplumaba con agua hirviendo. En casa había también un ciruelo. Mi abuelo les quebraba el cogote a las gallinas, las ataba de las patas a la rama del ciruelo, ponía debajo una olla con agua hirviendo, y las desplumaba.
Mamá y papá criaban gallinas, mi abuelo las desplumaba, las gallinas chorreaban sangre del cogote, la sangre caía sobre la olla de agua caliente. Mamá cocinaba las gallinas. Mamá, papá, mis hermanos y yo, comíamos pollo al horno con papas.

El año que busqué a mi tortuga Margarita por el parque de casa, descubrí que había muchas lagartijas.
Yo tengo un hermano. Mi hermano leía el periódico al derecho y al revés con cuatro añitos. Mi hermano sabía, que si uno mata una lagartija cortandola al medio, en dos partes; las partes siguen caminando por separado después de muerta. Caminan durante un momento, a veces en direcciones opuestas. Mi hermano me enseñó lo de la muerte de las lagartijas.
El año que busqué a Margarita, me entretenía cortando lagartijas al medio por el parque de casa.

Y tengo un par de recuerdos más de mi infancia. Un viaje a Huerta Grande. El día que mi primo se cayó sobre los cactus. El día que yo me caí desde la escalera del tobogán. El día que a mi hermano se le cayó la biblioteca encima. Y la vieja Gertrudis que pasaba frente a casa con un fuentón sobre la cabeza. La vieja Gretrudis juntaba caracoles después de la lluvia, los ponía en un fuentón, y luego se hacía una sopa. Yo la veía, porque a mí me gustaba hacer cositas con barro.
La vieja Gertrudis y yo, saliamos a la calle después de la lluvia. Mamá no. Mamá era muy limpita.
Otro día, me tomé un chocolate con churros, y recordé algo más. Siempre pido café con leche con medialunas. Pero el otro día pedí chocolate con churros y recordé, qué mamá un día nos hizo churros. A la masa le había entrado aire. Mamá echó los churros en el aceite hirviendo, y los churros comenzaron a saltar de la olla. Mamá salió corriendo a la farmacia, toda quemada. Mis hermanos y yo aprovechamos para entrar a la cocina, y comernos los churros que estaban por el suelo. A mamá no le quedó ni una marquita. Tiene una piel muy fuerte. Los churros estaban muy ricos. Lo recordé el otro día, cuando se me ocurrió pedir chocolate con churros.

Sí, es curioso. Hace poco apareció un muchacho que dijo llamarse Mario y haber cursado conmigo el jardín de infantes. Dijo haber nacido el mismo día que yo, y que su madre solía llevarnos a ambos a la escuela cuando la mía no podía. Ahora bien. Yo recuerdo a un compañerito llamado Sebastián. Era moreno y tenía rulitos. Sebastián era un niño muy bonito. Me gustaba. Pero no recuerdo a ningún Mario gordito y con flequillo. El muchacho intentó inútilmente darme más datos. Le pedí que se callara. Cuando no recuerdo, no recuerdo, y listo. Y en este caso no recuerdo. Así que le dije que me disculpara, y que entendiera, que no se puede ser trascendente en la vida de todas las personas. Y que dejara de narrarme esas estúpidas historias con guardapolvos cuadriculados. Pues yo, no lo recordaba, ni a él, ni a sus historias.

Al que no he olvidado es a Marcelo. Vivía frente a mi casa, y era el mayor de la cuadra. Yo lo admiraba porque había hecho un laboratorio de insectos en el patio de su casa. Tenía frascos con hormigas, frascos con saltamontes, frascos con cascarudos, y muchos bichitos de San Antonio (los de la suerte). Me acuerdo de Marcelo, y de su hermana Patri. Marcelo y Patri me enseñaron a cazar mariposas con ramas de Paraisos. Yo cazaba mariposas, las pinchaba en un telgopor, y se las regalaba a mamá. Mamá me quiere mucho. Mi abuelo también me quería mucho. Mi abuelo no quería a nadie. Era malo. Pero a mi me quería. Tenía una foto mía en su billetera, y cierta vez, se le había ocurrido que me dejaran viviendo con él, en su casa. Quería criarme, y educarme. Por supuesto mamá no aceptó. Mamá me quiere mucho. Mi abuelo también me quería mucho.
Mi abuelo comía pájaritos, comía palomas, comía gatos. Y olvidó el caparazón de margarita sobre la mesa de su cocina. Recuerdo que entré, y lo ví, allí, sobre la mesa. Ese día comprendí lo de la guerra. Yo era muy pequeña. Lo ví, comprendí, y seguí buscando a mi tortuga por el parque de casa (cuando uno quiere, uno no se resigna).