martes, 30 de marzo de 2010

Regalo

Cuando recibí aquel regalo, pensé de inmediato que no era muy alta la probabilidad de perderlo en alguna mudanza. Pensé esto incluso antes de abrirlo. Las mudanzas se inventaron para sacarnos cosas de encima, me dije, o perder justamente aquello, que un día, tiempo después de mudarme, me doy cuenta que necesito, extraño, o algo así.
Era mi cumpleaños número veintinueve.
La cajita era cuadrada y consistente, en un tono rosa que me desagradaba, tanto como las florcitas celestes que traía sobre la tapa. De todas formas, eso era solo el envoltorio. Y deshacerse de este, no sería demasiado problema.
Yo estaba como distraída cuando me la entregaron. Saludando gente, haciendo presentaciones, tratando de morder un sanguchito de roquefort, con una copa de tinto en la mano izquierda. Se quedaron mirándome, ansiosos, esperando que abriera la cajita. Que me alegrara, supuse. Así que apoyé mi copa sobre una mesa, y me dispuse a hacerlo; la intuición no suele fallarme en estas cosas, es algo que me sucede desde pequeña: cuando cumplí siete años, una amiguita me entregó un paquetito de consistencia blanda, que abrí mirando hacia otro lado, y sí…otra tela! Ufa! ¿por qué la gente no me consideraba un individuo?¿por qué tenían que relacionar mi regalo de cumpleaños con la profesión de mi madre? Talvez, hasta tenga que sentirme afortunada de que mamá sea modista y no mecánica, por ejemplo. Con esa tela mi madre me hizo un vestidito hermoso, que creyó oportuno que luciera en el cumpleaños de mi amiguita, la que me había regalado la tela, claro. Y ahí sucedió. Aquel día, aprendí de que se trata la vergüenza ajena: cuando llegué a la fiestita, la mamá de mi amiga me abrió la puerta, y debo reconocer que estaba guapísima; solo que su blusa era de la misma tela que mi vestidito; ella me saludó como si nada (los adultos suelen creer que los niños pasan por alto ciertas cosas), me puso un bonete y corrió a su habitación a cambiarse de ropa. Cuando regresó, yo, que era pequeña, le dije_ que pena, estaba tan linda con la otra blusa. Ella no respondió, solo abrió los ojos muy grandes, sirvió automáticamente un vaso con coca cola que instaló en mi mano derecha, sin darme tiempo siquiera a decirle_ No me gusta la coca cola… y… soy zurda.
La intuición no suele fallarme en estas cosas, es algo que me sucede desde pequeña.
A mis veintinueve recién cumplidos, comencé la apertura de aquella cajita: primero desaté la cinta que ataba la tapa, una cinta bordó, y dije_ que linda cinta. Es que era linda, realmente, y me recordaba a las cintas que mamá me ponía en el cabello para ir a la escuela, las cintas que yo me quitaba ni bien subía al ascensor, las mismas que llegaban al colegio en los bolsillos de mi delantal. La cinta era realmente linda, su función era simplemente estética, descubrí, pues la tapa estaba colada con un pegamento transparente y resistente. Agradecí en lo profundo la capacidad de este pegamento de retrasar la apertura de la caja al menos algunos minutos.
Realicé igualmente el esfuerzo correspondiente para descolar la tapa, traté con énfasis de introducir mis cortas uñas entre parte y parte “Cortas uñas nunca sirven para abrir nada”, así que miré a mi alrededor buscando uñas poderosas, largas uñas abridoras de cajas, uñas limadas, arañadoras, pellizcadoras .... pellizcadoras... pellizcadoras eran las uñas de mi tía Carmen, “ pobres mejillas mías acostumbradas de niñas a soportar los pellizcos de aquellas uñas hambrientas”, siempre me he preguntado: ¿por qué a mi? ¿eran acaso mis mejillas más tentadoras que las de mis hermanos? no, ¿tenía acaso yo cara de almohadilla? quizás. ¿Dónde estás tía ahora que tus uñas necesito? Quien sabe. Lo cierto es que mi uñosa tía no se encontraba entre los presentes. Y mis ojos recorrieron manos, manitas, manotas, manasas...hasta posarse en una bellísima mano de largas uñas, claro!!... ¿cómo no lo había pensado antes?: Leonardo. Mi querido amigo Leo con su hermosa mano musical; allí sentado, en un rincón, sonriente.
Amigo querido ¿serías tan amable?. Y sí, Leo tomó la caja, introdujo sus uñas, la abrió; y con su otra mano: la cotidiana, la humana, la mano de chico de Parque Patricios, no la de las uñas, la otra; sacó de dentro algo que reconocí de inmediato y exclamé_ Mirá mamá, mi medallita del trébol con la piedrita turquesa!!! La que perdí hace años!!!. Mi madre me miraba sin entender, y Leo me susurro algo al oído.
La intuición no suele fallarme en estas cosas, es algo que me sucede desde pequeña. Solo que algunas veces creo reencontrarme con algo reconocible.