sábado, 20 de febrero de 2010

La mera casualidad

La niña, no bajó como de costumbre en la esquina de su casa en aquel barrio, que para muchos bien podría estar en la China, pero que oculto permanece algunas veces, en un rincón no tan lejano, en Buenos Aires.
La madre la esperaba a escasos metros de la esquina, y con asombro humano y desesperación de madre, vio como el transporte del que debía bajar su niña, seguía de largo sin siquiera una duda. Sin siquiera una duda, creyó la madre. Que prontamente corrió a buscar un teléfono. A intentar lograr que alguien la atendiera en el colegio, al otro lado de la línea. A no conseguirlo porque ya nadie había allí. A salir nuevamente a la calle y pedir ayuda a una vecina. A elucubrar ambas si sería correcto denunciar el hecho en la comisaría. Si acaso se estaban apresurando. Si la desesperación de una madre es tan grande como el temor de una hija. Si una vecina puede comprender lo que uno siente. Si la niña estaría llorando mientras se hacían aquellas preguntas.
La niña, de cuclillas detrás de uno de los asientos del transporte, observaba por un agujerito del suelo el asfalto que recorrían, las líneas blancas que desaparecían en la velocidad. Que se dibujaban nuevamente mientras se detenía la marcha. Mientras algún niño bajaba, y otros seguían allí, jugando y gritando como ella misma solía hacerlo hasta ese día, en que la mera casualidad de caérsele el lápiz al suelo, de intentar recogerlo, la ayudó a descubrir aquel agujero. Y otra vez al oír el motor, vuelta a tomar velocidad. Y vuelta a desaparecer las líneas. Y algunas pequeñas piedras saltaban y golpeaban en el suelo. Entonces retiraba el ojo de allí por precaución. Y cuando ya no oía piedritas golpeando, volvía a ponerlo. “Este agujero es tan pequeño, que no podrán entrar por él piedritas, por mucho que salten y salten, y lo intenten”. Pensaba la niña cuando el transporte se detuvo nuevamente. Y algún niño bajó. Y ya no se oían otros niños. Y entonces se puso de pie. Y se encontró en un lugar que la impulsó a preguntar donde estaba. A hacerse oír por el chofer, y que este se diera la vuelta, y con asombro humano y desesperación de padre, le dijera que estaba en La tablada. Yo vivo en Bonzi replicó la niña. La condujo entonces a un edificio, subieron algunas escaleras y entraron. La esposa del hombre estaba allí, y un niño no tan pequeño que se quedó mirándola con asombro de niño.
No la vi porque estaba agachada detrás de un asiento. Tengo que regresar a Bonzi y dejarla en su casa; le explicó el hombre a la mujer. Sonrió entonces esta y le hizo una caricia a la niña.
En el camino de vuelta, la niña pensó que si aquel hombre no la hubiera llevado de regreso a su casa, que si hubiera tenido que quedarse a vivir en aquel edificio, con aquella mujer, con aquel niño, con aquellos muebles naranjas. Hubiera llorado, talvez durante días que aún no sabría contar. Hubiera extrañado mucho a su mamá y a sus hermanos, hubiera pensado en escaparse y salir a buscar su casa. Lo hubiera hecho. Y de regreso a su casa, hubiera contado esto como una prueba de su valentía. O talvez hubiera permanecido allí. Hubiera con el tiempo dejado de llorar como una niña. De extrañar como una hija. Hubiera vivido otra vida. Como si acaso hubiera logrado olvidar y acostumbrarse.
Como una humana.

sábado, 23 de enero de 2010

Agua

La maestra explicó que el cuerpo humano es 60% agua. Matías preguntó cómo era posible entonces que no nos derramemos. La maestra dio algunas explicaciones científicas al respecto, y dijo también que así mismo, el 70% de la superficie del planeta tierra esta compuesto por agua. Sonrió, y aclaró que aunque el mundo es redondo, tampoco se derrama. Volvió a sonreír.
Matías pensó que las personas somos como vasos no del todo llenos, y la tierra como uno de esos globos de agua que se tiran en carnaval, pero que aún no había aparecido una mano lo suficientemente grande para arrojarlo y que reviente. Pensó esto mientras la maestra hablaba de la gravedad, las moléculas y esas cosas. ¿Has comprendido, Matías? Le preguntó finalmente. Sí, es muy interesante, seño. Respondió el niño con los ojos fijos en ella, que era un vaso con dibujitos, casi lleno de agua. Entonces el vaso de los dibujitos se inclinó hacia el escritorio a recoger unas carpetas, y Matías temió profundamente que se derramase. Me alegro que hayas comprendido, concluyó la seño mientras regresaba a su posición vertical. Matías suspiró aliviado... (de no haber sido así, su amor se habría transformado en un charquito, y él habría derramado algunas lágrimas).

miércoles, 9 de septiembre de 2009

De mi vida un carnaval

Estábamos en Rio de Janeiro. Era la segunda parte de nuestro viaje de vacaciones. Primero habíamos pasado unos días en Guarujá, días de sol en la playa. Y al ver el protector solar en su mochila, yo había preguntado para qué, y él me había mirado decepcionado. Lo cierto es que hubiera preferido no verlo, no sentirme en la obligación de usarlo. De todas formas eso no fue tan importante.
A Rio llegamos con lluvia, y nos alojamos en un hotel del centro, desde ahí comenzamos a recorrer. Primero la biblioteca Nacional, luego museos, iglesias, bares, librerías, todos lugares donde el agua no entra. Y dos días después, al salir el sol, decidimos hacer una excursión al Pan de azúcar, ese morro altísimo que yo no tenía idea que había que subir en teleférico. Compramos los billetes y subimos a la cabina. Cuando estábamos trasladándonos por los rieles, bamboleándonos en el aire rodeados de gente que no paraba de hablar y disparar sus cámaras fotográficas, me pregunté que hacía allí, sentí miedo de caer, y me dio infinita tristeza hacerlo de aquella manera, subiendo a un morro, el cual, yo, no moría por conocer. En ese momento el teleférico se detuvo en un morro anterior al que nos dirigíamos, de menor altura, y tuvimos la posibilidad de bajar para hacer una recorrida. Había unos monitos muy pequeños con melenas leoninas que saltaban y corrían por allí, acostumbradísimos a los visitantes. Me entretuve un rato mirando la ciudad desde arriba, y hasta hice algunos chistes, mientras pensaba larga y argumentadamente que no haría el segundo tramo de ascenso. Solo volvería a entrar a esa cabina para emprender el regreso. Ese pensamiento lo resumí en réplica que hasta sonó espontánea, cuando él me dijo_ Ya sale, tenemos que subir- y yo solo agregué_ Me dio vértigo, te espero acá.
Mientras él subía, y yo, con el cielo de fondo, lo veía saludarme a través de los cristales. Agregué a mi pensamiento, que además de no morir por conocer el Pan de Azúcar, tampoco moría por él. Pero eso solo me movió a esbozar una sonrisa, y levantar la mano para saludarlo. El también sonreía, sus ojos eran muy claros, y me miraban sin maldad. Me quedé allí tomándoles fotografías a los acostumbradísimos monos, que posaban para mí en sus coreografías tropicales, y me gustó imaginarlos con música de Carnaval, aunque lo que se oía era el chirriar del teleférico.
Al rato él regresó muy contento, se acercó y me abrazó como si hiciera años que no nos veíamos, y así, abrazados, bajamos a tierra firme. Talvez esa sensación de ser querida, esa transparencia y esa piel que no toleraba el sol por su increíble blancura, fue lo que disipó mi pensamiento y me hizo continuar aquel viaje, e incluso más, sin volver a preguntarme si lo amaba.
Pero cuando al volver a Buenos Aires revelamos las fotos, las más de veinte que había tomado de los monitos, estaban fuera de foco, y saturadas por el sol. Ese sol intenso (que solo a mí, había logrado oscurecer).

sábado, 15 de agosto de 2009

Vaca

La vaca me miró. Yo la miré. Las vacas me asustan. Son como muy quietas, y te miran así, con esos ojos de vaca. Yo creo que intuyen lo del dulce de leche, y están un poco resentidas. Ni hablar del queso, la manteca, la crema, en fin, los derivados.
Me llamo Nora, le dije, de mi leche no deriva nada. Presiento el matadero, como todas. En eso no nos diferenciamos, ni en el resentimiento.
Esperé. Seguía sin moverse. Hacía calor. Me quedé dormida esperando. Y soñé. Soñé que esa vaca, la que me miraba, tenía un globito de pensamiento que decía “época de hombres flacos. Revolución de milanesas de soja”. Lo soñé así. Como un cuadrito de Inodoro Pereyra. En vez de la Eulogia, la que estaba frente a la vaca era yo. Pero no era un chiste.

Cuando desperté seguía allí, tan quieta.Y tuve un pensamiento que me pareció importante: pensé qué las penas son compartidas, y las vaquitas no están ajenas; son las precursoras del piquete; las primeras en pararse en medio de la ruta y cortar el paso. Lo hacen de a una, de a dos, de a tres, o de a muchas.
¿Te das cuenta? es sorprendente. Cuándo las vacas dicen MU ¿será algún tipo de sigla secreta?; ¿las Holando-argentinas, hinchan por Holanda o…? ¿qué piensan las vacas de la asociación rural?.
Entonces ella se corrió tranquilamente a la banquina.
Puse primera. Y así arranqué.
Era un día cualquiera. Después me di cuenta de eso.

jueves, 23 de julio de 2009

Palabras

Tomemos agua. ¿Agua agua?. Sí, agua. No tengo agua mineral. De la canilla. Dijiste agua. Agua, agua de la canilla. No es lo mismo.

Las desaveniencias eran habituales. Por lo que Victoria ocupó parte del día en dilucidar la razón de estas pequeñas diferencias cotidianas que intuía no llevarían a buena resolución. La palabra resolución, la detuvo aún más en su pensamiento; si se llegaba a una resolución, si en algún momento se topaba con un lugar en el que fuera necesario esto, sería talvez a partir de las dudas, y si hubiera tales dudas, si ninguna firmeza contuviera la situación, todo podía desmoronarse. Ya había pasado por un desmoronamiento alguna vez, y la sensación no era para nada agradable. Las reconstrucciones siempre le habían costado más que las construcciones, acaso por esa costumbre de intentar reconstruir siguiendo la antigua estructura, por creer que si no fuera así, no sería una reconstrucción, sino una nueva construcción.

Puedo salir a comprar, aún está abierto el almacén. No es necesario, tomo de la canilla. Y qué comemos. Lo que haya. No hay nada. Nada no puede ser. Nada de comer. Si, de comer, nada no puede ser. Comida digo.

Decir se había transformado en una acción contundente para con el otro. El otro era un receptor poco equilibrado, y la presencia intempestiva de la voz, quebrando, podía voltearlo. No era cuestión de palabras nuevas, ya no, eso había quedado en desuso varios años atrás. Victoria empezaba a sentir nostalgia de algunas de ellas, pero era imposible recuperarlas. Imposible era una palabra conocida, y tenía como casi todo lo conocido, una especie de atracción hacia su cuerpo. Asirse de ella, deshacía un poco el sentimiento. De todas formas, una palabra no podía llenar el espacio de muchas, por lo menos, no a hasta ese momento. Luego las cosas podían cambiar.

jueves, 23 de octubre de 2008

Llover (micromonologo)

Ya está. Ya pasó. Dura poco.

Ahora solo hay que asumirlo. Que pasó. Es tropical. Universal.

Nos pasa a todos. La sociedad. Yo, tú, él, nosotros. Los prójimos.

Fuerte. Inesperado. Arrasador. Parece que te va a voltear.

Pero no. Si tuviera un espejo acá, me miraría y me reiría.

Debo estar graciosa ¿no?. ¿no?. ¿sí?. Ah, no. Es por vivir acá.

La latitud.

La titud. ¿titud?. La la titud. Yo la. Tu lo. El le. Le vi. Como un huracán pasó.

Me agarró desprevenida. Tenía paraguas. Se me voló.

Tenía botas. Justo me las había sacado. Había sol. Me sacan ampollas.

Me sacan. No saco. No piloto. Un vestido.

Estaba seca.


Ya pasó. Ahora lo asumo. A sumo. Sumo. Una más.

Pasó otras veces. Me pasó. Parece la primera.

Ahora lo asumo. A sumo.

No. Si tuviera un espejo, no me miraría. Por las dudas. Me reiría sin mirarme.

No me miro. Entonces, me río. No me miro, estoy graciosa.

No me miro, duele. Duele. Duele mucho cuando pasa. Por eso me río.

martes, 14 de octubre de 2008

Prójimos

Hoy al despertar, encendí la luz del acuario y había un pececito muerto. Oh, se murió otro pez!, dijo mi madre al acercarse. Metió una mano en el agua, tomó el pequeño cadáver, y lo tiró al cesto de basura.
Entonces apagué la luz del acuario y regresé a mi habitación. Para que los pececitos, pudieran llorar sin que nadie los mire.