viernes, 2 de julio de 2010

Matarhambre (fragmento para clowns)

Vane_ ¿ Qué hora es?
Susu_ Las ocho y media
Vane_ ¿ Dé la mañana o de la tarde?
Susu_ Ocho es de la mañana
Vane_ Hora de desayunar
Susu_ Hasta las diez
Vane_ Me gusta la hora del desayuno
Susu_ No tiene nada de particular
Vane_ Hablamos más
Susu_ Las comparaciones son odiosas
Vane_ No te gusta entonces
Susu_ Cada vez menos, se me llena la panza de aire de tanto hablar
Vane_ Algo es algo
Susu_ Después me duele
Vane_ De llena, te duele de llena
Susu_ Llena de Aire
Vane_ Los despedís y listo
Susu_ No es tan fácil
Vane_ ¿Qué cosa?
Susu_ Despedir
Vane_ Te apegás demasiado a las cosas
Susu_ Es injusto, te olvidás que te regalé mi último trozo de manzana, era la hora de la siesta, te lo regalé y te lo comiste
Vane_ Qué épocas, me acuerdo y me entra como una cosa. Una cosa
Susu_ No se puede seguir llorando sobre la leche derramada
Vane_ ¿Leche? ¿Dijiste leche?
Susu_ Leche derramada
Vane_ ¿Dónde?
Susu_ Es una forma de decir
Vane_ ¿Decir qué?
Susu_ Qué hay cosas que no tienen arreglo
Vane_ Está lleno de gente que no dice lo mismo
Susu_ ¿Qué dicen?
Vane_ Qué no se conforman
Susu_ Será verdad
Vane_ ¿Cómo hago para saber lo que es verdad y lo que es mentira?
Susu_ Prestando atención, ¿vés este vaso? ¿lo estás viendo? Un vaso vacío. Si lo mirás con atención podés estar segura. Vacío.
Vane_ Ayer… miré el vaso… y me pareció que tenía leche
Susu_ No puede ser
Vane_ Me pareció
Susu_ Imposible, ayer miré el vaso y estaba vacío
Vane_ Habrá sido anteayer
Susu_ Estás perdida en el tiempo
Vane_ Vamos a tener que armar un calendario, así podemos hablar sobre algo concreto.
Susu_ El tiempo no es algo concreto, empecemos por ahí
Vane_ Necesitamos saber cuando sucedieron las cosas, un calendario chiquito aunque sea ¿ya habrán pasado diez minutos?
Susu_ No sé, no quiero saberlo, no me lo preguntes, no sé, no sé
Vane_ Entonces contate algo, siempre soy yo la que saca tema
Susu_ Aumentó el precio de la papa
Vane_ Ah
Susu_ ¿No tenés nada que decir al respecto?
Vane_ ¿Mucho?
Susu_ Un 2%
Vane_ Parece bastante ¿Qué dicen los consumidores?
Susu_ No compran papas, así bajan de precio
Vane_ Yo haría lo mismo
Susu_ Si pudiera compraría treinta kilos de papas ahora mismo
Vane_ ¿A un 2% más caras?
Susu_ A lo que sea. Compraría papas y huevos. Papas huevos y aceite, me haría una tortilla y me la comería toda de un saque
Vane_ No puedo creer lo que oigo
Susu_ También me podría hacer papas fritas con huevos fritos, con mucha sal, y compraría pan, y mojaría el pan en la yema, las yemas, diez huevos fritos, iría mojando las papas fritas en la yema, eso , las papas mojadas en las yemas…ummm
Vane_ No tenés conciencia social
Susu_ Tengo hambre

(Tiempo)

Vane_ Yo también tengo hambre
Susu_ Vos estás acostumbrada
Vane_ De chiquita comía tostadas con dulce de leche, y tomaba un vaso grande de leche con Cacao. Y tostadas eran muchas, un plato repleto. Me acuerdo bien porque siempre que venía la amiga de mi hermana se abalanzaba sobre el plato y se comía un montón, ella no podía creer que mamá nos pusiera ese plato lleno, en su casa le servían dos tostadas a cada uno, dos tostadas a cada uno y sanseacabó
Susu_ ¿ya está?
Vane_ Si… ¿habrán pasado quince minutos?
Susu_ No sé, no sé, no sé, no estés controlando la hora todo el tiempo, me pone nerviosa, no sé
Vane_ ¿Y ahora qué?
Susu_ ¿Qué de qué?
Vane_ ¿Qué más? Contate algo, lo de la papa ya se agotó
Susu_ También aumentó el aguacate
Vane_ La Palta
Susu_ Sí, el aguacate
Vane_ Acá se llama Palta, La/palta
Susu_ A mi me gusta decirle aguacate. El/aguacate.
Vane_ Para eso tendrías que vivir en España
Susu_ Ya lo pensé
Vane_ ¿Y????!!!!
Susu_ Está lejos, doce horas de avión
Vane_ Te da miedo volar
Susu_ No me da miedo volar
Vane_ Entonces andate a España
Susu_ Es fácil decirlo...
Vane_ Yo estuve en España… una vez…
Susu_ ssssah….
Vane_ ...sentarse a comer sardinas asadas en un chiringuito a orillas del mar... en la Costa del Sol... con el ruido de las olas, un poco de brisa marina... una cervecita... aceitunitas… ¿te imaginás?
Susu_ Si
Vane_ ¿No es buenisimo???
Susu_ Si
Vane_ ¿te lo estás imaginando de verdad?
Susu_ Si
Vane_ No sos muy expresiva
Susu_ Estoy pensando
Vane_ ¿qué cosa?
Susu_ Que con este número no vamos a sacar ni para el sanguche
Vane_ ¿Número?¿qué número?
Susu_ Este. El que estamos haciendo
Vane_ ¿Qué?!!!¿Esto es un número?!!!!!
Yo tengo hambre de verdad
Susu_ Pará!!¿Sos o no sos artista? Decidite. Se acabó la hora del desayuno, es hora de que tomemos el toro por los cuernos, la taza por el asa, la sartén por el mango, el árbol por la rama, la casa por la puerta….
Vane_ Pará!!!!...No me grites. Debe ser la hora de la digestión, me hace mal, no se puede digerir así

(Susu eructa)

Susu_ Digerir ¿dijiste digerir?
Vane_ Si, digerir, dije digerir.
(Breve tiempo)
Susu_ Suena difícil, no sé si estoy preparada para…semejante cosa.

martes, 30 de marzo de 2010

Regalo

Cuando recibí aquel regalo, pensé de inmediato que no era muy alta la probabilidad de perderlo en alguna mudanza. Pensé esto incluso antes de abrirlo. Las mudanzas se inventaron para sacarnos cosas de encima, me dije, o perder justamente aquello, que un día, tiempo después de mudarme, me doy cuenta que necesito, extraño, o algo así.
Era mi cumpleaños número veintinueve.
La cajita era cuadrada y consistente, en un tono rosa que me desagradaba, tanto como las florcitas celestes que traía sobre la tapa. De todas formas, eso era solo el envoltorio. Y deshacerse de este, no sería demasiado problema.
Yo estaba como distraída cuando me la entregaron. Saludando gente, haciendo presentaciones, tratando de morder un sanguchito de roquefort, con una copa de tinto en la mano izquierda. Se quedaron mirándome, ansiosos, esperando que abriera la cajita. Que me alegrara, supuse. Así que apoyé mi copa sobre una mesa, y me dispuse a hacerlo; la intuición no suele fallarme en estas cosas, es algo que me sucede desde pequeña: cuando cumplí siete años, una amiguita me entregó un paquetito de consistencia blanda, que abrí mirando hacia otro lado, y sí…otra tela! Ufa! ¿por qué la gente no me consideraba un individuo?¿por qué tenían que relacionar mi regalo de cumpleaños con la profesión de mi madre? Talvez, hasta tenga que sentirme afortunada de que mamá sea modista y no mecánica, por ejemplo. Con esa tela mi madre me hizo un vestidito hermoso, que creyó oportuno que luciera en el cumpleaños de mi amiguita, la que me había regalado la tela, claro. Y ahí sucedió. Aquel día, aprendí de que se trata la vergüenza ajena: cuando llegué a la fiestita, la mamá de mi amiga me abrió la puerta, y debo reconocer que estaba guapísima; solo que su blusa era de la misma tela que mi vestidito; ella me saludó como si nada (los adultos suelen creer que los niños pasan por alto ciertas cosas), me puso un bonete y corrió a su habitación a cambiarse de ropa. Cuando regresó, yo, que era pequeña, le dije_ que pena, estaba tan linda con la otra blusa. Ella no respondió, solo abrió los ojos muy grandes, sirvió automáticamente un vaso con coca cola que instaló en mi mano derecha, sin darme tiempo siquiera a decirle_ No me gusta la coca cola… y… soy zurda.
La intuición no suele fallarme en estas cosas, es algo que me sucede desde pequeña.
A mis veintinueve recién cumplidos, comencé la apertura de aquella cajita: primero desaté la cinta que ataba la tapa, una cinta bordó, y dije_ que linda cinta. Es que era linda, realmente, y me recordaba a las cintas que mamá me ponía en el cabello para ir a la escuela, las cintas que yo me quitaba ni bien subía al ascensor, las mismas que llegaban al colegio en los bolsillos de mi delantal. La cinta era realmente linda, su función era simplemente estética, descubrí, pues la tapa estaba colada con un pegamento transparente y resistente. Agradecí en lo profundo la capacidad de este pegamento de retrasar la apertura de la caja al menos algunos minutos.
Realicé igualmente el esfuerzo correspondiente para descolar la tapa, traté con énfasis de introducir mis cortas uñas entre parte y parte “Cortas uñas nunca sirven para abrir nada”, así que miré a mi alrededor buscando uñas poderosas, largas uñas abridoras de cajas, uñas limadas, arañadoras, pellizcadoras .... pellizcadoras... pellizcadoras eran las uñas de mi tía Carmen, “ pobres mejillas mías acostumbradas de niñas a soportar los pellizcos de aquellas uñas hambrientas”, siempre me he preguntado: ¿por qué a mi? ¿eran acaso mis mejillas más tentadoras que las de mis hermanos? no, ¿tenía acaso yo cara de almohadilla? quizás. ¿Dónde estás tía ahora que tus uñas necesito? Quien sabe. Lo cierto es que mi uñosa tía no se encontraba entre los presentes. Y mis ojos recorrieron manos, manitas, manotas, manasas...hasta posarse en una bellísima mano de largas uñas, claro!!... ¿cómo no lo había pensado antes?: Leonardo. Mi querido amigo Leo con su hermosa mano musical; allí sentado, en un rincón, sonriente.
Amigo querido ¿serías tan amable?. Y sí, Leo tomó la caja, introdujo sus uñas, la abrió; y con su otra mano: la cotidiana, la humana, la mano de chico de Parque Patricios, no la de las uñas, la otra; sacó de dentro algo que reconocí de inmediato y exclamé_ Mirá mamá, mi medallita del trébol con la piedrita turquesa!!! La que perdí hace años!!!. Mi madre me miraba sin entender, y Leo me susurro algo al oído.
La intuición no suele fallarme en estas cosas, es algo que me sucede desde pequeña. Solo que algunas veces creo reencontrarme con algo reconocible.

sábado, 20 de febrero de 2010

La mera casualidad

La niña, no bajó como de costumbre en la esquina de su casa en aquel barrio, que para muchos bien podría estar en la China, pero que oculto permanece algunas veces, en un rincón no tan lejano, en Buenos Aires.
La madre la esperaba a escasos metros de la esquina, y con asombro humano y desesperación de madre, vio como el transporte del que debía bajar su niña, seguía de largo sin siquiera una duda. Sin siquiera una duda, creyó la madre. Que prontamente corrió a buscar un teléfono. A intentar lograr que alguien la atendiera en el colegio, al otro lado de la línea. A no conseguirlo porque ya nadie había allí. A salir nuevamente a la calle y pedir ayuda a una vecina. A elucubrar ambas si sería correcto denunciar el hecho en la comisaría. Si acaso se estaban apresurando. Si la desesperación de una madre es tan grande como el temor de una hija. Si una vecina puede comprender lo que uno siente. Si la niña estaría llorando mientras se hacían aquellas preguntas.
La niña, de cuclillas detrás de uno de los asientos del transporte, observaba por un agujerito del suelo el asfalto que recorrían, las líneas blancas que desaparecían en la velocidad. Que se dibujaban nuevamente mientras se detenía la marcha. Mientras algún niño bajaba, y otros seguían allí, jugando y gritando como ella misma solía hacerlo hasta ese día, en que la mera casualidad de caérsele el lápiz al suelo, de intentar recogerlo, la ayudó a descubrir aquel agujero. Y otra vez al oír el motor, vuelta a tomar velocidad. Y vuelta a desaparecer las líneas. Y algunas pequeñas piedras saltaban y golpeaban en el suelo. Entonces retiraba el ojo de allí por precaución. Y cuando ya no oía piedritas golpeando, volvía a ponerlo. “Este agujero es tan pequeño, que no podrán entrar por él piedritas, por mucho que salten y salten, y lo intenten”. Pensaba la niña cuando el transporte se detuvo nuevamente. Y algún niño bajó. Y ya no se oían otros niños. Y entonces se puso de pie. Y se encontró en un lugar que la impulsó a preguntar donde estaba. A hacerse oír por el chofer, y que este se diera la vuelta, y con asombro humano y desesperación de padre, le dijera que estaba en La tablada. Yo vivo en Bonzi replicó la niña. La condujo entonces a un edificio, subieron algunas escaleras y entraron. La esposa del hombre estaba allí, y un niño no tan pequeño que se quedó mirándola con asombro de niño.
No la vi porque estaba agachada detrás de un asiento. Tengo que regresar a Bonzi y dejarla en su casa; le explicó el hombre a la mujer. Sonrió entonces esta y le hizo una caricia a la niña.
En el camino de vuelta, la niña pensó que si aquel hombre no la hubiera llevado de regreso a su casa, que si hubiera tenido que quedarse a vivir en aquel edificio, con aquella mujer, con aquel niño, con aquellos muebles naranjas. Hubiera llorado, talvez durante días que aún no sabría contar. Hubiera extrañado mucho a su mamá y a sus hermanos, hubiera pensado en escaparse y salir a buscar su casa. Lo hubiera hecho. Y de regreso a su casa, hubiera contado esto como una prueba de su valentía. O talvez hubiera permanecido allí. Hubiera con el tiempo dejado de llorar como una niña. De extrañar como una hija. Hubiera vivido otra vida. Como si acaso hubiera logrado olvidar y acostumbrarse.
Como una humana.

sábado, 23 de enero de 2010

Agua

La maestra explicó que el cuerpo humano es 60% agua. Matías preguntó cómo era posible entonces que no nos derramemos. La maestra dio algunas explicaciones científicas al respecto, y dijo también que así mismo, el 70% de la superficie del planeta tierra esta compuesto por agua. Sonrió, y aclaró que aunque el mundo es redondo, tampoco se derrama. Volvió a sonreír.
Matías pensó que las personas somos como vasos no del todo llenos, y la tierra como uno de esos globos de agua que se tiran en carnaval, pero que aún no había aparecido una mano lo suficientemente grande para arrojarlo y que reviente. Pensó esto mientras la maestra hablaba de la gravedad, las moléculas y esas cosas. ¿Has comprendido, Matías? Le preguntó finalmente. Sí, es muy interesante, seño. Respondió el niño con los ojos fijos en ella, que era un vaso con dibujitos, casi lleno de agua. Entonces el vaso de los dibujitos se inclinó hacia el escritorio a recoger unas carpetas, y Matías temió profundamente que se derramase. Me alegro que hayas comprendido, concluyó la seño mientras regresaba a su posición vertical. Matías suspiró aliviado... (de no haber sido así, su amor se habría transformado en un charquito, y él habría derramado algunas lágrimas).

miércoles, 9 de septiembre de 2009

De mi vida un carnaval

Estábamos en Rio de Janeiro. Era la segunda parte de nuestro viaje de vacaciones. Primero habíamos pasado unos días en Guarujá, días de sol en la playa. Y al ver el protector solar en su mochila, yo había preguntado para qué, y él me había mirado decepcionado. Lo cierto es que hubiera preferido no verlo, no sentirme en la obligación de usarlo. De todas formas eso no fue tan importante.
A Rio llegamos con lluvia, y nos alojamos en un hotel del centro, desde ahí comenzamos a recorrer. Primero la biblioteca Nacional, luego museos, iglesias, bares, librerías, todos lugares donde el agua no entra. Y dos días después, al salir el sol, decidimos hacer una excursión al Pan de azúcar, ese morro altísimo que yo no tenía idea que había que subir en teleférico. Compramos los billetes y subimos a la cabina. Cuando estábamos trasladándonos por los rieles, bamboleándonos en el aire rodeados de gente que no paraba de hablar y disparar sus cámaras fotográficas, me pregunté que hacía allí, sentí miedo de caer, y me dio infinita tristeza hacerlo de aquella manera, subiendo a un morro, el cual, yo, no moría por conocer. En ese momento el teleférico se detuvo en un morro anterior al que nos dirigíamos, de menor altura, y tuvimos la posibilidad de bajar para hacer una recorrida. Había unos monitos muy pequeños con melenas leoninas que saltaban y corrían por allí, acostumbradísimos a los visitantes. Me entretuve un rato mirando la ciudad desde arriba, y hasta hice algunos chistes, mientras pensaba larga y argumentadamente que no haría el segundo tramo de ascenso. Solo volvería a entrar a esa cabina para emprender el regreso. Ese pensamiento lo resumí en réplica que hasta sonó espontánea, cuando él me dijo_ Ya sale, tenemos que subir- y yo solo agregué_ Me dio vértigo, te espero acá.
Mientras él subía, y yo, con el cielo de fondo, lo veía saludarme a través de los cristales. Agregué a mi pensamiento, que además de no morir por conocer el Pan de Azúcar, tampoco moría por él. Pero eso solo me movió a esbozar una sonrisa, y levantar la mano para saludarlo. El también sonreía, sus ojos eran muy claros, y me miraban sin maldad. Me quedé allí tomándoles fotografías a los acostumbradísimos monos, que posaban para mí en sus coreografías tropicales, y me gustó imaginarlos con música de Carnaval, aunque lo que se oía era el chirriar del teleférico.
Al rato él regresó muy contento, se acercó y me abrazó como si hiciera años que no nos veíamos, y así, abrazados, bajamos a tierra firme. Talvez esa sensación de ser querida, esa transparencia y esa piel que no toleraba el sol por su increíble blancura, fue lo que disipó mi pensamiento y me hizo continuar aquel viaje, e incluso más, sin volver a preguntarme si lo amaba.
Pero cuando al volver a Buenos Aires revelamos las fotos, las más de veinte que había tomado de los monitos, estaban fuera de foco, y saturadas por el sol. Ese sol intenso (que solo a mí, había logrado oscurecer).

sábado, 15 de agosto de 2009

Vaca

La vaca me miró. Yo la miré. Las vacas me asustan. Son como muy quietas, y te miran así, con esos ojos de vaca. Yo creo que intuyen lo del dulce de leche, y están un poco resentidas. Ni hablar del queso, la manteca, la crema, en fin, los derivados.
Me llamo Nora, le dije, de mi leche no deriva nada. Presiento el matadero, como todas. En eso no nos diferenciamos, ni en el resentimiento.
Esperé. Seguía sin moverse. Hacía calor. Me quedé dormida esperando. Y soñé. Soñé que esa vaca, la que me miraba, tenía un globito de pensamiento que decía “época de hombres flacos. Revolución de milanesas de soja”. Lo soñé así. Como un cuadrito de Inodoro Pereyra. En vez de la Eulogia, la que estaba frente a la vaca era yo. Pero no era un chiste.

Cuando desperté seguía allí, tan quieta.Y tuve un pensamiento que me pareció importante: pensé qué las penas son compartidas, y las vaquitas no están ajenas; son las precursoras del piquete; las primeras en pararse en medio de la ruta y cortar el paso. Lo hacen de a una, de a dos, de a tres, o de a muchas.
¿Te das cuenta? es sorprendente. Cuándo las vacas dicen MU ¿será algún tipo de sigla secreta?; ¿las Holando-argentinas, hinchan por Holanda o…? ¿qué piensan las vacas de la asociación rural?.
Entonces ella se corrió tranquilamente a la banquina.
Puse primera. Y así arranqué.
Era un día cualquiera. Después me di cuenta de eso.

jueves, 23 de julio de 2009

Palabras

Tomemos agua. ¿Agua agua?. Sí, agua. No tengo agua mineral. De la canilla. Dijiste agua. Agua, agua de la canilla. No es lo mismo.

Las desaveniencias eran habituales. Por lo que Victoria ocupó parte del día en dilucidar la razón de estas pequeñas diferencias cotidianas que intuía no llevarían a buena resolución. La palabra resolución, la detuvo aún más en su pensamiento; si se llegaba a una resolución, si en algún momento se topaba con un lugar en el que fuera necesario esto, sería talvez a partir de las dudas, y si hubiera tales dudas, si ninguna firmeza contuviera la situación, todo podía desmoronarse. Ya había pasado por un desmoronamiento alguna vez, y la sensación no era para nada agradable. Las reconstrucciones siempre le habían costado más que las construcciones, acaso por esa costumbre de intentar reconstruir siguiendo la antigua estructura, por creer que si no fuera así, no sería una reconstrucción, sino una nueva construcción.

Puedo salir a comprar, aún está abierto el almacén. No es necesario, tomo de la canilla. Y qué comemos. Lo que haya. No hay nada. Nada no puede ser. Nada de comer. Si, de comer, nada no puede ser. Comida digo.

Decir se había transformado en una acción contundente para con el otro. El otro era un receptor poco equilibrado, y la presencia intempestiva de la voz, quebrando, podía voltearlo. No era cuestión de palabras nuevas, ya no, eso había quedado en desuso varios años atrás. Victoria empezaba a sentir nostalgia de algunas de ellas, pero era imposible recuperarlas. Imposible era una palabra conocida, y tenía como casi todo lo conocido, una especie de atracción hacia su cuerpo. Asirse de ella, deshacía un poco el sentimiento. De todas formas, una palabra no podía llenar el espacio de muchas, por lo menos, no a hasta ese momento. Luego las cosas podían cambiar.